Hermandad de Jesús Nazareno

La Noche de Jesús es para nuestra familia un día grande. Desde que el abuelo Joaquín de Rosario y Merced se hiciera hermano cuando niño, hemos ido manteniendo la tradición toda la familia, y ahora somos muchos los que salimos juntos a hacer la estación de penitencia.

 

Hermandad del Santo Crucifijo

D. Jossé Lobato comparte su devoción como costalero del Santo Crucifijo de la Salud

Hermandad del Gran Poder. Sevilla.  D. Carlos Jiménez

Me despierto poco a poco y mientras mis ojos se adaptan a la escasa luz que hay en mi habitación, busco con la mano el reloj que dejé escasas horas antes junto al lateral del bureau que hay junto a mi cama. De nuevo, mi sorpresa y mi desazón cuando observo que me he vuelto a levantar antes de tiempo. Desearía cerrar los ojos y volver a quedarme dormido, pero no puedo; mi cabeza está ya funcionando y pese a que mis pies están resentidos, no dejo de pensar en este día. Y por mi mente ronda la expresión: ¡Otro Jueves Santo levantándome antes de tiempo!

Y es que ya hemos pasado el ecuador de la Semana Santa, atrás quedan ya la ampolla provocada por los zapatos el Domingo de Ramos por encima del talón, aunque aun duele; atrás quedan las más de doce horas en la calle ese Lunes Santo, procesionando con mi hermandad de Santa Genoveva, o esa eterna espera en la cuesta del bacalao de San Benito. Todos los años, me intento convencer de que el miércoles es para descansar, pero al final me escapo para ver la entrada de San Bernardo el Miércoles Santo, en ese barrio torero que tantos buenos recuerdos me trae.

Pues sí, Jueves Santo y ya estoy despierto. Durante la mañana reviso las alpargatas negras con dos tiras, los calcetines negros que voy a llevar, miro que pantalón vaquero me voy a poner y me prevengo sobre el posible frío que vaya a pasar. Mi madre, ya el día anterior ha planchado la túnica, la cual permanece colgada sobre una percha de una de las lámparas del salón. Cuando paso por delante de ella camino de la cocina, un escalofrío recorre mi cuerpo al ver esa imponente tela de ruan negra colgada.

Me propongo comer poco y dormir siesta, pero ni lo uno ni lo otro; al final, los nervios se adueñan de mi y aunque me tiro en la cama, no consigo dormirme.

Mis pensamientos están ahora en dónde dejar el coche ya que La Macarena sale esa misma noche y la gente suele estar en las inmediaciones horas antes, por lo que el tráfico es tremendo.

La tarde la paso con la familia departiendo, revisando un par de veces que todo esté correcto; observo con preocupación que la punta del capirote sigue estando doblada, y me prometo inútilmente que el año que viene cambio de capirote. Ceno poco, me empiezo a vestir con ayuda de mi madre, la cual, pacientemente me ayuda a colocarme la túnica y me abrocho el esparto revisando los cordajes laterales, los cuales están ya un pelín deshilachados. AL mirarme en el espejo, la figura negra que se alza frente a mi es imponente, me coloco la medalla y recojo la papeleta de sitio y me la coloco entre el esparto y la túnica a la altura del pecho. Me despido de mis padres y me desean una buena estación de penitencia.

He conseguido aparcar en la Isla de la Cartuja, y salgo del coche como puedo; me pongo el capirote y reviso que la papeleta sigue en su sitio; cierro el coche y observo que nadie me ha visto salir del coche. Salgo andando dirección de mi basílica. Me cruzo con personas que miran inquietas y con respeto; tras el anonimato que me proporciona mi túnica, los miro y les deseo que disfruten de esta madrugada.

Llego a la Basílica justo a tiempo, las 22:30; aquellos que llevamos muchos años de hermano nos quedamos en la Basílica ya que salimos en el paso del Señor; los que salen en el tramo de Virgen, se quedan en la casa hermandad. Y es que somos muchos los hermanos que procesionamos esta noche.

Una vez descubierto y presentado mi papeleta de sitio entro en la Basílica y empiezo a ver caras conocidas, caras de amigos que sólo nos vemos cuando estamos en estos menesteres, personas que en ocasiones solo las ves una o dos veces al año y que parecen que nos vemos todos los días.

Los momentos de charla acaban cuando a las 23:00, con exquisita puntualidad, las puertas del templo se abren por primera vez, y la Centuria Macarena, entra en el templo al son de tambores. Nuestros rostros se tornan serio, nos cruzamos las miradas; miradas que transmiten agradecimiento y respeto por ambas partes; todos permanecemos en silencio y el retumbar de los tambores producen un atronador estallido de sensaciones. Muchos de los armados miran a nuestro Señor, Señor de todos y una parte egoísta de mi les dice con la mirada que es mío; aunque después pido a mi Señor que cuide de todos ellos. Una vez que salen, camino de su Basílica, se cierran las puertas de nuestro templo; ya no se volverán a abrir hasta las 00:59.

En el interior de la Basílica, muchos se acercan al paso a rezar y yo también, otros aprovechan para confesarse. Aun no hemos salido y las alpargatas ya me empiezan a molestar. Apenas hay sitio para poder sentarse y con el esparto se hace complicado. Sin darnos cuenta, ya quedan pocos minutos para salir; nos empezamos a organizar y a repartir los cirios; Los amigos nos comenzamos a colocar en el lado izquierdo de la Basílica para intentar portar el cirio con la mano derecha. Justo antes de la salida, ya con los capirotes puestos, nos trasladan al lado derecho de la Basílica, ¡otro año más portando el cirio con la izquierda!

Desde dentro, solo las luces de la plaza iluminan tibiamente la misma; las cabezas de las personas, que llevan sentadas allí varias horas son solo sombras. Pasamos el dintel de la puerta y un frio entra por las pantorrillas; la mirada del diputado de tramo es lo primero que veo y atiendo sus indicaciones en el más estricto silencio. Su mirada, me dará seguridad, fuerzas y paz.

Durante la estación de penitencia me acuerdo de todos mis seres queridos, de los que ya se han ido y de los que están; pido por todos ellos y doy gracias a Dios por cuidar de ellos. En ocasiones, algún parón que otro me distrae del momento de oración y mis ojos observan las caras de las personas. Muchos están sentados sobre las aceras, esperando a que llegue Él. El cansancio se empieza a notar, el esparto empieza a hacerse notar en los riñones y en la espalda; cada levantada de cirio y posterior colocación golpea mi cadera y el brazo izquierdo ya no sabe cómo coger el cirio. En ocasiones intento adivinar sin éxito por cual calle voy mientras sigo observando como jóvenes y no tan jóvenes les puede el sueño y están sentados junto a los soportales de esas estrechas calles esperando a que llegue el Señor. Los pájaros ya se han despertado, el sueño se ha ido y mi cuerpo ha pasado de un estado de letargo a activarse de nuevo, ya estamos llegando; de repente no recuerdo una parte del camino, no soy consciente de que ya estemos casi acabando; ya no duelen ni los riñones ni la espalda; hasta el frio es agradable. Ya estamos de nuevo en la plaza; de nuevo ves a una masa de personas que llevan horas esperando. El diputado de tramo te para justo antes de la entrada a la Basílica; de fondo se escucha el ruido de los cirios al dejarlos en el cuadril. De repente mis ojos se cruzan con los suyos y con un leve gesto de manos, entro en Basílica. Otro año más. Una vez dentro me fundo en un abrazo con mis amigos, los cuales, sin darme cuenta hemos ido casi juntos durante todo el trayecto. Esperamos a que ambos pasos entran en la Basílica; terminamos con un rezo y me dispongo a salir; de nuevo, la estación de penitencia me recuerda que aun no ha finalizado. Me coloco el capirote y salgo dirección al coche.

Ya en casa, mi madre se acaba de levantar, estoy convencido de que no ha dormido esta noche. Me doy una ducha y observo como el capirote me ha dejado la ralla en la frente. Me tomo una torrija y charlo un rato con mis padres, en la cocina al olor del café recién hecho. Me despido de ellos y me voy para mi cama mientras sigo tocándome la frente; las piernas me duelen, y el frio de la sábana me alivia; miro de nuevo a mi medalla que ya está de nuevo colgada en su sitio. Mientras mis párpados se van cerrando, me digo en mi cabeza: El año que viene nos volveremos a encontrar otra nueva madrugada.