Estando yo un día de verano en mi casa, ya que no tenía nada que hacer, me puse a ver la televisión. Me acuerdo perfectamente que estaba viendo una corrida de toros, y recibí un mensaje de mi amigo Iván, diciéndome que me invitaba a su finca a torear unas vaquillas.

Yo le pregunté si iban a ir más amigos nuestros, y su respuesta fue positiva. Me dijo que iban a ir Lolo, Juan y Carlos. Al oír sus nombres, me alegré muchísimo, ya que para mí es un verdadero placer poder torear con mis amigos.

Pero toda buena noticia conlleva otra mala. Ahora mi problema era que no sabía cómo decirle a mi madre que iba a torear vaquillas a la finca de Iván, ya que a ella no le gusta que torre por miedo al peligro que este acto conlleva. Entonces, lo que se me ocurrió fue decirle a mi madre que iba a ir a la finca de Iván, pero no le dije que iba para torear, sino que me iba a enseñar su campo y me había invitado a comer allí. En parte, le decía la verdad, porque lo de que me había invitado a comer era cierto, aunque en realidad había dicho lo que yo llamo una “ mentira piadosa” , pues no le dije la parte de torear.

Tras contarle esto a mi madre llamé a Iván, para que me dijera cuando iba a ser este acto tan maravilloso para mí. Él me respondió que sería el 26 de Junio, le dí las gracias por su invitación y le pregunté el motivo de aquello. Lo hacía porque quería celebrar nuestra amistad, una amistad que vale más que todo el oro del mundo y ya hacía tiempo que no toreaba junto a nosotros.

Llegado aquel día, todos estábamos muy nerviosos, yo el que más, porque si llego ha mi casa con la herida de un pitón de una vaquilla y mi madre se entera, yo ya daría por supuesto que no vería más la luz del sol. Así que antes de empezar, rezamos un Padrenuestro para que Dios nos protegiese.

Empezamos a torear 5 vaquillas, una para cada uno, pero sin entrar a matar, ya que el padre de Iván, Francisco, decía que eso era un poco más complicado y un tanto más peligroso, ya que si no entrábamos bien a matar, la vaquilla de podría hacer mucho daño.

Empezó toreando Carlos, luego Juan, Lolo, Iván y, por último, yo. Mientras que no llegaba el turno, estuve observando la bravura de aquellos animales y cada vez pensaba más en qué me diría mi madre o el castigo que me pondría si saliera  de aquello.

Gracias a Dios toreé y no me pasó nada, solo un susto, un susto que casi provoca una desgracia, y no pasó nada gracias a que mi amigo Iván intervino para que la vaquilla no viniese a por mí, ya que yo me resbalé y me caí al suelo. En ese instante, sí que me acordé de mi madre. Yo ya pensaba en el castigo que me iba a poner y la torta que me iba a dar, pero gracias a Iván, no pasó nada.

Finalmente, devolvimos las vaquillas al campo; nosotros nos fuimos a almorzar, ya que teníamos muchísima hambre, y yo decidí darle las gracias a Iván, diciéndole: “ es de buen nacido el ser agradecido” , y su contestación fue: “tu habrías hecho lo mismo por mí”. Y aquí acaba mi historia.

Por último, la única bronca que me echó mi madre fue por llegar a casa todo lleno de tierra, pero a mí eso no me importaba, ya que podría haber pasado algo peor.

Pablo Holgado, 4º ESO «B».