Hermandad del Consuelo. Paula Barbadilla comparten su devoción por la Hermandad del Consuelo.

Hermandad del Prendimiento. Manuela, Luisa, Estrella y Martín Vargas Medrano comparten su devoción por la Hermandad del Prendimiento.

 

 

 

 

 

 

Hermandad del Prendimiento. Claudia y Álvaro Blanco comparten su devoción por la Hermandad del Prendimiento.

Hermandad del Prendimiento. El Miércoles Santo Merced y Rosario acompañan al Señor del Prendimiento junto a su padre, su tío y sus primos.

 

 

Hermandad del Prendimiento. D. Daniel Gómez Jiménez.

Tengo el convencimiento, que la vida es la suma de pequeños detalles que Dios nos regala cada día. Y es eso lo que nos alimenta y nos engrandece.

Sin embargo, hay un día al año que pulveriza ese convencimiento. El día, en el que la necesidad de comprobar que el sol vence a las nubes hace que mi despertar sea más prematuro de lo habitual.

Un día, en el que nada es como recuerdas y todo es como siempre ha sido.

Un día, en el que el esmero se eleva a la máxima potencia, haciendo que todo se cuide y se mime con el ritual propio de las grandes ocasiones. Y el blanco es inmaculado, el rojo torna color sangre toro, y el dorado es el oro de un traje de luces.

Un día, en el que el apetito y la sed, pasan a un tercer plano ya que es el día de saciarse con todos los sentidos. El silencio suena a estruendo y el caprichoso reloj me juega una mala pasada, haciendo que los minutos se enlentezcan por la mañana y las horas sean un abrir y cerrar de ojos por la tarde-noche-madrugada.

Un día, en que en la solapa, me acompañan recuerdos de los que ya están en presencia del Padre, y conforme avanza la tarde hacen que “ría y llore” al mismo tiempo, como reza Joaquín “el Zambo”.

Es el día de rendir cuentas, de dar gracias, de renovarse por completo, de pedir, de dar, de compartir, de sentirse partícipe de un sentimiento universal bajo una cruz, que no es cruz, sino una espada roja con remate de lanza.

Es el día de dar la mano a mi mejor compañía y parar bajo el majestuoso azulejo que guarda una de las esquinas de la Iglesia de Santiago, para así, hacer que mi retina guarde la estampa más mágica del año.

Es el día en el que las mismas ramas de olivo que en multitud rendían pleitesía, hacen que las manos más benditas se entrecrucen y sean Prendidas.

Es el día en el que el Desamparo de una madre acaba siendo dulzura tras las sendas de su hijo.

Es el día más esperado del año, mi cita ineludible, el inicio de un nuevo ciclo, mi Año Nuevo.

Es, mi Miércoles Santo.

Hermandad del Prendimiento. Soy Juan José Vázquez, antiguo alumno del colegio y cofrade desde que tengo memoria. Soy hermano del Prendimiento, seguramente gracias a mi tío que era el único hermano en mi familia cercana. Gracias a él he podido hacer una de las cosas más bonitas de mi vida en la hermandad, y es sacar la cruz de guía de Santiago.

Mi tío fue el hermano que la portó muchos años tantos que, en el pregón de Antonio Gallardo, este le dedicaría unas palabras. Cuando era pequeño iba junto a él, al menos parte del tiempo, ya que era un crío y, como tal, iba pululando por los alrededores mientras se hacía la estación de penitencia, pero siempre me impresionó ver a mi tío levantando esa cruz dorada y ya entonces decidí que algún día sería yo.

Pasaron los años, algunos no vestí mi túnica, otros la lluvia nos impidió salir, todos ellos años tristes, aunque uno de esos años de lluvia pude representar a mi hermandad en el cortejo de la Buena Muerte, una gran experiencia que me gustaría repetir, sin la lluvia por supuesto. A lo largo de esos años fui cambiando de lugar en el cortejo; hermano de luz, en el Sine Labe Concepta, con el guion de la hermandad y el Senatus.

Entonces llegó el momento, la abertura de Santiago se había anunciado oficialmente, así que pedí llevar uno de los faroles de la cruz de guía, para así hacerme con un sitio, aunque la verdad me impresionó mucho ir en ese puesto, lo que se veía y lo que sentí era distinto a otros años y la verdad me encantó. Ese año al salir de la catedral hice mi primera toma de contacto con la cruz, mi tío estaba fuera del cortejo, ese año no se pudo vestir, me dio consejos y me enseñó a llevarla. El peso era brutal, mucho más de lo que imaginaba y tenía que aprender a andar con ella, pues me golpeaba en los tobillos, pero mi tío estaba allí, viendo como su hijo y su sobrino cogían por primera vez la cruz de su vida. Decidió al año siguiente salir con nosotros de nuevo en la cruz de guía, tras años sin ocupar ese puesto.

2019 llegó; vine desde San Roque vestido con las ropas que llevo bajo la túnica, las personas del “blablacar” me preguntaban y animaban durante el camino, el cielo no acompañaba y me veían claramente nervioso. Ese año daría el gran paso, de ser un relevo llevando un farol, pasaría a ser aquel que llevara la cruz que abriría el camino a cientos de hermanos, y, sinceramente, no podía con el estrés. Nada más llegar a casa me enfundé la túnica y le metí prisa a mis hermanos y primos. En Santiago más nervios y esperas, el cielo está peor, no se sabe que se va a hacer. Llegan los primeros rezos, vamos a salir, me dan la cruz y me coloco frente a la puerta cerrada, tengo a mi tío a mi lado, me da los últimos consejos, cierro los ojos y cuando los vuelvo a abrir veo ese mar de terciopelo rojo reflejado en el espejo de la cruz, más allá el altar y en primer plano mi mirada emocionada. Se abre la puerta, las vallas puestas por las fuerzas de seguridad evitan que se repitan las escenas de mi niñez de una multitud que parecía que iba a entrar en la misma iglesia, pero la visión no es menos espectacular, cientos de personas que aplauden y son felices porque en ese día tan malo su Cristo va a salir. Me coloco bajo el marco de la puerta y paro, el diputado de cruz comienza la estación de penitencia, mi tío me da la señal para empezar a andar, yo hago acopio de todas mis fuerzas, por mí tío, por mí gente, la hermandad y mi sueño de la infancia. La cruz se alza todo lo que mi cuerpo le permite, alta, cerca del cielo, bien visible para todos los que van a seguirla.

Lamentablemente todos sabemos cómo acabó ese año y este 2020 tampoco ha podido ser, pero en 2021, si Dios quiere, estaré alzando esa cruz, junto a mi tío, llevándola hasta que mi salud me lo impida y tenga un sucesor al que legarle está maravillosa experiencia que espero vivir muchos años.