La historia que me dispongo a narrar no es ni más ni menos que una anécdota, pero no una anécdota cualquiera, sino una que ocurrió no hace mucho tiempo, cuando yo tenía cuatro años y no vivía en Jerez, sino que residía en un piso en el centro de Madrid.

Para comenzar, debo aclarar algunas ideas fundamentales para su óptima comprensión. Antes de vivir aquí en Jerez, vivía en el núcleo de la capital de España, Madrid, dónde me desplazaba habitualmente a pie (ya que en el centro hay una extensa variedad de comercios, hospitales, centros educativos, etc., suficientes para satisfacer nuestras necesidades) y lo hacía siempre de la mejor manera posible, junto a mi madre. Ella era la que pasaba la mayor parte del día conmigo, ya que mi padre disponía de escasas horas de tiempo libre, debido a sus estrictos y agotadores horarios de oficina, por lo que era mi madre quien me llevaba y recogía del colegio cada día.

Una vez aclaradas las ideas principales, es hora de empezar a narrar esta divertida anécdota:

Era un día frío y nublado, como suelen ser los días de invierno en la ciudad de Madrid, aunque ese día era algo más peculiar que el resto, pues nevaba de manera contundente de tal forma que la nieve cubría todo el asfalto de la capital, provocando alguna que otra caídas de personas que se resbalaban deslizándose por el gélido suelo. Yo, como cada día, me dispuse a ir al colegio junto a mi madre de la mano, como habitualmente solíamos hacer. Llegamos al colegio, y mi madre se despidió de mí con un intenso beso en la mejilla y un fuerte abrazo, yo plagié su despedida y entré al colegio junto a una de mis amigas madrileñas de la infancia.

Entre clases y recreos el día se pasó volando, como suele pasar cuando estás en la etapa escolar de Infantil, y llegó el momento que esperas desde que entras a las nueve de la mañana por la puerta: la salida. Yo, obviamente, esperaba ansiosa el tierno saludo de mi madre y que me cogiera de la mano y regresemos a casa, pero ese día, desgraciadamente para mí, no vino a recogerme mi madre, sino mi abuela. Resulta, que a mi madre le había sido imposible llegar a tiempo a la salida a causa de la nieve, que bloqueaba las carreteras trascendentales de la ciudad e impedía la circulación de vehículos.

Mi abuela con toda se buena intención estaba allí, esperándome bajo el techado para evitar calarse a causa del mal temporal, y yo me sentía bastante frustrada, porque mi madre no había venido a recogerme , así que, decidí enfadarme y salir corriendo rápidamente para

que a mi abuela le fuese imposible cogerme. Lo extraño de todo este suceso al que hoy en día no encuentro explicación, es de cómo pudo molestarme tanto aquello y cómo con tan sólo cuatro años de edad, pude regresar a mi casa sola, cruzando semáforos en rojo, corriendo sin paraguas bajo la tormenta de nieve, etc.; y llegar sin un rasguño, es más, mi pobre abuela que corría sin aliento desesperadamente a mi espalda para lograr alcanzarme, se resbaló y cayó al suelo debido a un desliz a causa del suelo helado.

Finalmente, llegué enrabietada a la puerta de mi casa (aún no encuentro explicación de cómo pude recorrer el camino del colegio a mi casa sin perderme con tan solo cuatro años, ya que no estaba cercano y debía de recordarlo con claridad) y cuando me di la vuelta, no veía a mi abuela, así que, estuve sentada en el portal de mi casa durante un par de horas, porque mi abuela se había dañado el tobillo y le costaba caminar, hasta que llegó mi madre y me echó una buena regañina.

Hoy en día, sigo sintiéndome mal por mi pobre abuela, pero ella la recuerda y cuenta con mucho humor y diversión porque le resulta una anécdota muy graciosa.

Marta González, 4º ESO «A».